¿Por qué Colombia tiene dos días del periodista?
Por William Escobar Quintero
Historiador
Subdirector de Política y Normativa Archivística
Imagínese por un momento ser lector en la Santafé de finales del siglo XVIII. Las calles de tierra, el repique de campanas, el rumor de los rosarios y, de pronto, un pliego de papel que circula de mano en mano. Ese papel, recién salido de una imprenta precaria, contiene algo más que noticias: encierra una promesa de orden o una semilla de incendio. Esa experiencia sensorial, sin embargo, no sería recuperable dos siglos después si no fuera porque esos pliegos se conservaron, se organizaron y se volvieron comunicables. Allí radica la condición de posibilidad de toda interpretación histórica: los documentos no están aislados, sino que adquieren sentido en relación unos con otros. A esa red de vínculos entre textos se le llama intertextualidad, y a la capacidad de esos documentos para ser consultados, confrontados y reinterpretados por distintos lectores en el tiempo, comunicabilidad. El Archivo General de la Nación (AGN) no es un mero depósito: es el lugar donde esa intertextualidad se vuelve posible y donde la comunicabilidad se ejerce cada vez que alguien abre un expediente o coteja una publicación periódica. En Colombia, el periodismo no se celebra en una única fecha porque desde su origen tuvo dos almas. El 9 de febrero y el 4 de agosto conviven como hitos que, más allá del calendario, expresan una discusión histórica sobre el sentido mismo del oficio.
Esta dualidad tiene un sustento normativo: la Ley 51 de 1975 instituyó el 9 de febrero como Día del Periodista, mientras que la Ley 918 de 2004 estableció el 4 de agosto como Día del Periodista y Comunicador. Más que una duplicidad legal, sin embargo, estas fechas remiten a dos experiencias fundacionales distintas, ambas documentadas en el Archivo General de la Nación (AGN). Allí se conservan, por un lado, los impresos de una publicación periódica concebida con fines pedagógicos e ilustrados y, por otro, los expedientes judiciales levantados contra un hombre que imprimió y difundió textos prohibidos. Precisamente la intertextualidad entre estos dos tipos de documentos —los papeles impresos y los legajos judiciales— es lo que permite comprender que no se trata de hechos aislados, sino de dos caras de un mismo origen. Y su comunicabilidad, esto es, el hecho de que cualquier investigador, periodista o ciudadano pueda acceder a ellos en el AGN, garantiza que aquella tensión fundacional siga siendo parte de la discusión pública actual.
Leídos en conjunto, estos documentos permiten comprender que el origen del periodismo en Colombia estuvo atravesado por una tensión entre dos proyectos: uno orientado a la formación y circulación de ideas dentro de un horizonte ilustrado, y otro vinculado a la confrontación política y a la transformación del orden existente. No se trata de una disputa académica abstracta: es la historia viva de dos personas concretas, dos decisiones concretas y dos destinos opuestos.

El 9 de febrero: los orígenes ilustrados del periodismo
La conmemoración del 9 de febrero se remonta a la aparición, en 1791, del Papel periódico de la ciudad de Santafé de Bogotá, dirigido por el cubano Manuel del Socorro Rodríguez. Casi dos siglos después, la Ley 51 de 1975 reconoció este antecedente y estableció el 9 de febrero como Día del Periodista en Colombia. Para entender la magnitud de lo que este hombre hizo, habría que hacer un ejercicio mental para viajar a la Santafé de 1791, una ciudad pequeña, profundamente católica y vigilada por la Corona española, a la que llegó Manuel del Socorro Rodríguez. Él no era un criollo cualquiera: había nacido en Bayamo, Cuba, y traía consigo una formación ilustrada que lo conectaba con las corrientes intelectuales de Europa. No venía a hacer la revolución; sino a fundar una cátedra de papel.
Bajo el código PER-NUE-GRANADA-COLOM:SR.8,V.1, el AGN conserva los números publicados entre el 9 de febrero de 1791 y el 6 de enero de 1797. Leídos en su conjunto, estos documentos permiten observar las características de este primer periodismo, orientado a la difusión del conocimiento, la moral y el progreso. Si uno hojea hoy esas páginas, encuentra artículos sobre geometría, buenas costumbres, los beneficios de la agricultura y la necesidad de una vida ordenada. No hay denuncias contra el virrey ni llamados a la independencia. Hay, en cambio, una apuesta silenciosa por la idea de que una sociedad mejora cuando sus ciudadanos leen, aprenden y se comportan con decoro.
Este modelo responde al ideario de la Ilustración. El periodista es un mediador cultural que busca educar a la sociedad, promover valores y fortalecer el orden social. La prensa, en este sentido, es una herramienta de formación más que de confrontación. Manuel del Socorro Rodríguez veía su papel periódico como una prolongación de la escuela, una extensión de la biblioteca, un espejo donde la sociedad debía mirarse para corregirse. No importaba que el poder fuera colonial. Lo importante era que las ideas circularan con mesura. Por eso, al leer esos pliegos amarillentos, uno siente que está ante un periodista que nunca quiso romper el jarrón, sino apenas limpiarlo con un paño de razones. Esa tradición, limpia y ordenada, quedó recogida dos siglos después a la Ley 51 de 1975, que entendió al periodista como maestro y a la noticia como lección.
El 4 de agosto: el periodismo como acción política
Por su parte, el 4 de agosto está vinculado a Antonio Nariño, quien en 1794 tradujo e imprimió la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Este hecho dio lugar a su persecución como lo evidencia el expediente conservado en el AGN titulado Santafé. Causa seguida contra Antonio Nariño por la reimpresión del papel titulado Los derechos del Hombre, y sentencia por la cual se le remite con los demás reos a España en una fragata de guerra (MISCELÁNEA: SC.39,81, D.53). Aquí la atmósfera es radicalmente distinta. Nariño, a diferencia de Manuel del Socorro, no es un recién llegado de ultramar; es un criollo nacido en Santafé, rico, leído y con algo que en la colonia resultaba peligrosísimo: conciencia política. Mientras el cubano escribía sobre agricultura y urbanidad, Nariño traducía en secreto los mismos derechos que en Francia habían llevado a un rey a la guillotina. No era un ejercicio académico, sino un acto de insurrección civil. Esa acción, entendida como un uso político de la palabra impresa, fue reconocida por la Ley 918 de 2004, que institucionalizó esta fecha como Día del Periodista y Comunicador y vio en Nariño no solo a un traductor, sino a un actor político que convirtió la imprenta en una herramienta de transformación.
El expediente judicial conservado en el AGN permite entender la forma en que las autoridades coloniales enfrentaron la circulación de ideas que consideraban una amenaza para el orden político. Sus folios reúnen declaraciones, interrogatorios, decisiones judiciales y otros rastros del proceso seguido contra Antonio Nariño, y muestran la tensión entre la difusión de nuevos lenguajes políticos y los mecanismos de control de la monarquía. La causa contra Nariño surgió de la publicación y circulación de un texto que ponía en cuestión la legitimidad del poder colonial. Por eso, este episodio sitúa la palabra impresa en un lugar central dentro del conflicto político de finales del siglo XVIII.
La traducción e impresión de los Derechos del Hombre convirtió la imprenta en un medio de intervención política. A partir de ese momento, quien traduce, imprime o difunde ideas participa de manera directa en las disputas sobre la autoridad, los derechos y la soberanía. El expediente muestra que la persecución contra Nariño respondió al alcance político de unas afirmaciones que desafiaban la autoridad de la monarquía, en particular la idea de que los hombres nacen libres e iguales y de que un gobierno que vulnere sus derechos puede ser sustituido. En el contexto colonial de la época, la circulación de esos principios introdujo una ruptura profunda en los marcos tradicionales de obediencia y poder.
Dos leyes, dos tradiciones
La existencia de estas dos fechas —respaldadas por marcos legales distintos— refleja la persistencia de dos tradiciones en el periodismo colombiano. Y lo más fascinante es que ambas tradiciones son genuinas, ambas están materializadas en documentos del AGN y han sobrevivido al tiempo. La primera es la tradición ilustrada, asociada a Manuel del Socorro Rodríguez y reconocida por la Ley 51 de 1975, donde la prensa cumple una función pedagógica y social. Es el periodismo que explica, que ordena, que cree en el poder de la información bien presentada para mejorar la vida cotidiana. La segunda es la tradición política, encarnada por Antonio Nariño y respaldada por la Ley 918 de 2004, donde el periodismo es una herramienta de crítica y transformación. Es el periodismo que denuncia, que moviliza, que sabe que algunas verdades solo pueden decirse a riesgo de la propia libertad. Estas dos visiones no son excluyentes, pero sí revelan la tensión entre informar y cuestionar, entre educar y movilizar, entre estabilidad y cambio.
Para entender esa tensión en carne viva, vale la pena imaginar un breve diálogo imposible entre los dos protagonistas. Manuel del Socorro Rodríguez, con su pluma cuidadosa, podría decirle a Nariño: "Antonio, la imprenta no es un fusil; es una escuela. Si quemas el orden, ¿qué quedará para enseñar?". Y Nariño, con la mirada encendida, podría responder: "Manuel, de nada sirve enseñar a leer si se prohíbe pensar. La imprenta no es una escuela pasiva: es el púlpito de los que no tienen voz". Ese diálogo nunca ocurrió, pero ocurre todos los días en las redacciones de los periódicos colombianos, cuando un periodista decide si su artículo debe ser neutral o debe tomar partido, si debe educar o debe denunciar. Y lo mejor es que ambas respuestas pueden ser correctas. Porque ambas están escritas en el origen mismo del oficio.
Del archivo a la reflexión
Dichos documentos, disponibles en el AGN, permiten comprender que esta dualidad no es una invención contemporánea, sino una característica originaria del periodismo en Colombia. El Papel periódico y el expediente judicial de Nariño muestran que, desde sus inicios, la prensa ha oscilado entre la moderación ilustrada y la acción política. No puede hablarse de una edad dorada del periodismo puro seguida de una corrupción. Desde el inicio hubo dos maneras de entender la misma herramienta. Leer hoy estos documentos permite reconocer que el periodismo no ha tenido una sola función, ni un único camino. Por el contrario, ha sido un campo en disputa, donde se definen constantemente sus límites y responsabilidades. Cada vez que un periodista colombiano investiga y publica aquello que el poder quisiera mantener en silencio, incluso, a costa de su propia viva o libertad, se inscribe en la tradición de Nariño. Cada vez que un periodista escribe con rigor un artículo sobre ciencia o cultura, se prolonga la tradición de Manuel del Socorro Rodríguez, la de quien confiaba en que en que la circulación del conocimiento podía ampliar la conversación pública y enriquecer la vida colectiva. Ambas tradiciones son necesarias.
A manera de cierre
Que Colombia tenga dos días para reconocer el periodismo y al periodista, no es una contradicción, sino una síntesis de su historia. Cada fecha ilumina una dimensión distinta del oficio, ambas necesarias para comprender su complejidad. Entre la vocación pedagógica de Manuel del Socorro Rodríguez y la acción transformadora de Antonio Nariño el periodismo colombiano revela un origen plural. Surgió en la tensión entre una vocación académica y un impulso rebelde. Así, entre un proyecto que viene "de afuera" y otro que emerge "desde adentro", se configura una tradición atravesada por influencias, apropiaciones y disputas.
Los documentos conservados en el Archivo General de la Nación permiten entender que el periodismo en Colombia surgió, desde el inicio, en la tensión entre distintas formas de pensar la palabra y su poder en la historia. Y quizás por eso, al abrir hoy un periódico colombiano cualquiera, uno puede escuchar todavía, entre líneas, el eco de dos hombres que no se conocieron pero que escribieron juntos, sin saberlo, el acta de nacimiento de un oficio partido en dos, pero entero en su vocación de servir a la verdad.
