“La cocina es lo que nos da la vida”, Matilde Lina
En Dibulla, La Guajira, Matilde Lina cuenta cómo la yuca y la cocina tradicional sostienen la identidad y la soberanía alimentaria. En entrevista, advierte sobre el relevo generacional y los impactos de los monocultivos.

En las manos que siembran, cocinan y enseñan se conserva un tipo de memoria que rara vez queda en documentos: se aprende en la práctica, en cómo se abre un hueco en la tierra, en la manera de hundir un palito de yuca sin quebrarlo, o en el punto exacto en que una masa está lista. Son conocimientos transmitidos de generación en generación que sostienen la vida cotidiana en los territorios. En Dibulla (La Guajira), estos saberes hacen parte de la identidad local y cumplen un papel clave en la soberanía alimentaria, especialmente en medio de transformaciones que presionan la relación de la comunidad con la tierra.
En ese contexto, cultivar y cocinar no son solo oficios: también se han convertido en formas de resistencia. La expansión de monocultivos, el uso de químicos y ciertas presiones económicas han cambiado los suelos y las dinámicas productivas, afectando prácticas tradicionales. Frente a esa realidad, mujeres como Matilde Lina, cocinera y matrona, sostienen y actualizan una memoria campesina que se expresa en recetas, técnicas y decisiones sobre qué sembrar y cómo alimentarse. Su trabajo combina tradición e innovación: experimenta con la yuca para crear nuevos productos, sin desprenderse del origen de cada preparación. En su cocina, cada receta funciona como un registro vivo: una manera de preservar lo aprendido y, al mismo tiempo, adaptarlo para que no desaparezca.
En una de las jornadas de la Agenda Nutricia, organizada por el Centro Cultural del Banco de la República en Riohacha, Matilde Lina Móvil Cuisman compartió su historia, con la yuca como punto de partida para innovar en la cocina y sostener la memoria de su territorio.
AGN: ¿Qué se está perdiendo hoy en su comunidad en relación con el cultivo de la materia prima?
Matilde Lina: Bueno, mi papá toda la vida fue campesino. Cuando él estuvo, de verdad recuerdo —yo era una niña— que nosotros éramos los ayudantes de mi papá cuando iba a sembrar los frutos. Una de las ciudades principales. Recuerdo que él hacía el huequito y nosotros íbamos metiendo el palito. Él nos explicaba cómo había que meter el palito, porque el palito de la yuca tiene unas puntitas, ¿verdad? Uno tenía que saber cómo lo iba a poner, porque si lo poníamos al revés, eso no retoñaba.
Entonces son técnicas que de nuestros o de mi papá nos enseñó, ¿verdad?, cómo era que debía sembrar. Algo que hemos conservado es no echarle químico a la tierra, porque él en su pedacito de tierra, en su hectárea que tiene de cultivo, gracias a Dios todavía no utiliza ningún químico. Mi papá todavía está. Todavía —claro— yo: “Papi, necesito yuca para esto”, “nadie” y todavía. Inclusive me estaba diciendo: “Bueno, ahora que yo no esté, tienen ustedes que… ya se les vino mamá, ¿no? Matilde, tienes que ir con tus hijos siempre al ayuno porque ahora como todo es la yuca…”.
Entonces, es algo que sí se ha conservado. ¿Qué nos preocupa a nosotros en el futuro? Es que hoy en día la juventud ya no se dedica a la agricultura. Nosotros somos de nuestro campo, de nuestros padres campesinos, pero ahora la juventud no. Yo digo: ¿qué será cuando ya nuestros abuelos, nuestros padres, no estén? Algo que se debe conservar es eso, inculcarle a la juventud, que es el futuro de nosotros, porque qué sería de nosotros sin campesinos. Del mundo entero, si no existieran los campesinos que cultivan los alimentos que hoy en día se producen.

AGN: ¿Existe alguna historia de resistencia en Dibulla o en La Guajira que considere importante para su comunidad?
M.L.: Sí. Yo recuerdo, algunos años atrás, en Dibulla llegaron personas de fuera con la idea de sembrar arroz. ¿Qué pasó? No sé cómo conquistaron a muchas personas. Dibulla se caracteriza por ser una tierra platanera. Allá se sembraba y hacían el Festival del Plátano.
¿Qué pasó cuando llegaron esas personas con el tema de sembrar arroz? Muchas personas dejaron de sembrar plátano; le echaron un químico a la tierra para producir arroz y acabaron con toda la platanera. La platanera de Dibulla: eso se acabó. Hoy en día están tratando de volver a recuperarla.
Porque muchos… no sé. Sí, hemos personas que nos dejamos ilusionar por cosas que llegan. Cambiaron la platanera porque las tierras… les alquilaron las tierras a esas personas que vinieron a sembrar arroz. ¿Qué pasó? Se dañó la tierra. Y cuando hoy en día ya no están los del arroz —se fueron— toda esa tierra quedó… es como cuando matas la tierra: la dañaron totalmente. Ya no se produce el plátano como antes.
No obstante, en las poquitas tierras que quedaron, el tubérculo, la yuca, ayudó mucho. Muchas personas tenían su poquito de tierra y no se dejaron llevar. Había poco plátano, pero se sembraba maíz, yuca. Eso fue algo que ayudó mucho. Puedo decir que esto fue una resistencia para el pueblo: la yuca les dio esa oportunidad.
AGN: ¿Qué historias tienen los productos que usted hace a base de yuca? ¿Cómo inició ese proceso?
M.L.: Bueno, esa pregunta me gusta porque precisamente te venía hablando de mi papá. Cuando yo entro al programa de cocina tradicional, yo tenía que identificarme con algo. Me llegó a la mente mi papá. Hija de un campesino de toda la vida. Escogí la yuca porque es un tubérculo con el cual puedo elaborar muchas recetas.
Anteriormente, una comida natural: la yuca la acompañábamos con pescado, con el sancocho. Mi abuela hacía los buñuelos de yuca con miel de panela, algo tradicional para diciembre. También las carimañolas, conocidas por todos.
Cuando estaba en el programa dije: “Tengo que buscar cosas nuevas”. Me di cuenta de que podía hacer la torta de yuca, que no es común. El enyucado sí es común, pero la torta de yuca no. Igual el helado de yuca. Uno va experimentando y va descubriendo que puede hacer cosas nuevas, innovar.

AGN: ¿Cómo aprendió a cocinar y cómo se puede evitar que estos saberes se pierdan?
M.L.: Aprendí de manera natural, empírica. Mi mamá no me enseñó a cocinar. Ya cuando salí de mi casa, es cuando vengo a tener ese hábito. Recuerdo que yo veo cómo se hacen las cosas y enseguida yo captaba: “Ah, esto se hace así”. Con mi tía, que también hace parte del programa, aprendí mucho. Veía cómo hacían los bollos, las mazamorras, los dulces.
De ahí me nació el gusto. Ya después preparaba cosas y a mis hijos y hermanas les gustaba. Es algo que traigo en la sangre: desde mi bisabuela. Empírico.
Yo le digo a mi sobrina: “Ven y yo te enseño”. Inculcar, enseñar es importante. Que se siga cultivando el amor por la cocina. Meterles en el corazoncito que se debe de seguir cultivando.
AGN: ¿Cómo cree que se puede guardar la memoria de estas recetas y saberes, que no se han guardado en archivos o libros escritos?
M.L.: Nosotros siempre, como grupo, hemos tratado de tener apoyo para dar charlas: en colegios, con madres comunitarias. Hoy en día el gobierno quiere preservar cultivos, lo natural, lo típico, el reconocimiento del campesino. Por eso quisiéramos tener ese apoyo para dar charlas y así preservar la memoria, el saber ancestral.
Yo no soy muy amante de videos, pero lo que he aprendido lo llevo en la sangre. Yo recuerdo los saberes de mi bisabuela, mi mamá panadera, mi abuela. Eso lo tengo en mis venas. Y quiero enseñárselo a mis nietos y nietas. Sería importante que ese conocimiento no se quede solo en mis nietos, sino que más personas quieran saber de lo que preparo.
Hoy la gastronomía es algo productivo. Es un arte. La cocina es lo que nos da la vida.
